Presentación de La silla vacía en la Feria del Libro de Derechos Humanos


El 22 de marzo de 2026 presenté La silla vacía en el Espacio Memoria (ex ESMA), en el marco de la Feria del Libro de Derechos Humanos.
Comparto aquí algunas palabras de ese encuentro.

Buenas tardes y gracias a todos por su presencia.
Es muy emocionante estar aquí con ustedes y presentar este libro tan atravesado por mi historia, la de mi familia y seguramente la de muchos de ustedes. Es un libro que nace de la experiencia vivida durante el juicio por la desaparición de Hugo, mi cuñado, y que entrelaza elementos autobiográficos con otros ficcionales, y es la forma que encontré para darle voz a algo que necesitaba expresar y también documentar.

No es de extrañar que la ocasión haya despertado numerosos pensamientos, sentimientos y recuerdos que quisiera compartir. ¿Por dónde comenzar? ¿Qué priorizar?

Escribir un libro implica recorrer muchos caminos que a veces no conducen a ningún lado, y por eso mismo uno no tiene la garantía de llegar a destino. Y este libro, además, no solo recorrió dos países y dos idiomas, sino que integró cosas de aquí y de allá, lo que me fue generando la inquietud de cómo podría ser recibido aquí y allá.

Y aquí llegamos, mi libro, ustedes y yo, porque coincidieron de modo fortuito varios elementos: que el libro saliera a tiempo de imprenta, que coincidiera con un viaje planeado con antelación y que me incluyeran a último momento en este evento, cosa que agradezco profundamente a Sebastián Rosenfeld y a Julián Athos.

Cabe aquí hacer la salvedad de que, aunque muchas veces las cosas parecen fortuitas a simple vista, cuando una mirada atenta atraviesa la superficie, no lo son tanto.

Volveremos a esto más adelante, pero primero haremos un recorrido. Porque ¿cómo habremos de volver si no nos hemos ido?

Quisiera empezar contando una anécdota que me parece relevante para la ocasión, especialmente por tener como protagonista a Fernando Ulloa, maestro, amigo y figura notable en la defensa de los derechos humanos en Argentina.

Hacia fines de los años 70, Fernando coordinaba un grupo de reflexión clínica en el que yo participaba. El grupo se reunía los viernes por la mañana y duraba muchas horas. Era una actividad apasionante.

Uno de esos viernes coincidió con la misma semana de mayo de 1979 en la que Hugo fue secuestrado, pocos días antes de cumplir 20 años.

La reunión transcurría como de costumbre —o al menos eso creía yo—, pero ya bien entrada la hora, Fernando, muy serio, me clava la mirada y, sin demasiados modales, dispara:

—Perdón el lenguaje, pero parafraseo: ¿se puede saber qué carajo te pasa, que estás todo el tiempo con cara de culo?

Ay. Se dio cuenta. Y yo que pensaba que había logrado disimular.

¿Por qué disimular? No tengo explicación. Quizás porque en el clima de la época se pensaba que no hacer olas aumentaba las chances de que nuestro ser querido apareciera. Quizás fuera miedo, o no querer monopolizar el grupo con un acontecimiento tan trágico… No lo sé. Ningún argumento parece lógico.

La cuestión es que ya no había forma de escapar a semejante confrontación y, conteniendo el llanto, respondí:

—A mí no me pasa nada… pero mi cuñado desapareció.

Silencio. Todos en shock.

La respuesta de Fernando rompió el pesado silencio y me atravesó:

—Pero muchacha, si a vos no te pasa, ¿a quién le pasa?

La pregunta —o la afirmación— me desconcertó entonces y me siguió desconcertando durante mucho tiempo. Confieso que aún sigo buscando respuestas.

No recuerdo cómo siguió la reunión, porque para entonces ya lloraba a moco tendido. Pero ese intercambio quedó cristalizado en mi mente y sigue teniendo efectos hasta el día de hoy, como posiblemente ya se estén dando cuenta.

Yo pensaba: ¿qué importancia podía tener lo que a mí me pasaba, comparado con lo que podía estarle pasando a Hugo?

Fernando decía algo así como la importancia de validar lo que nos pasa a cada uno como sujetos, pero yo no podía pensar. Y se necesita calma para poder pensar.

Ahora, jugando con los tiempos verbales, me repito la pregunta: si no me pasa a mí, ¿por qué este libro?

Y les pregunto a ustedes: si a ustedes no les pasa, ¿por qué están aquí?

Lo que pasó, pasó. Y lo que pasa sigue desplegando sus efectos.

Y son muchos los efectos. Y, por suerte, ocurren eventos como este, se escriben libros y se cuentan historias para intentar captar esos efectos, para cauterizar los que nos hacen sufrir y potenciar los efectos reparadores de la justicia, la democracia y la resiliencia.

Y volviendo ahora a eso que decía: que muchas veces lo que parece fortuito no es pura casualidad, sino que tiene algo de causalidad, porque el hecho de haber podido incorporarme a este proyecto a último momento no es ajeno a lo que me pasa, a lo que nos pasa a todos.

Porque una Madre —la mamá de mi amiga Mimi Rosenfeld— luchó por su hijo y recuperó a su nieto. Y ese nieto, que forma parte de la organización HIJOS, se conectó con otro Hijo y me abrieron la puerta.

Y aquí estoy.

Con Beatriz, que siguió de cerca la búsqueda de su hermano Jorge, secuestrado junto con Hugo, y que, junto a su familia, luchó para que se hiciera justicia.

¿Acaso no nos pasa a todos aquello que creemos que ya pasó, y que sin embargo no termina de pasar, porque seguimos impactados por sus efectos?

Ahora me gustaría contarles la historia de este libro y el contexto en el que surge.

Durante el juicio que tuvo lugar tantos años después de la desaparición de Hugo, tomé notas como pude, sacudida por la intensidad de lo que estaba viviendo, no solo para recordar sino para transmitirle a mi marido lo que acontecía en la sala, porque al ser testigo, tenía prohibido el acceso hasta tanto llegara su turno de declarar, lo que ocurrió hacia el final.

También escribía diariamente a mis hijas y amigos sobre lo que iba surgiendo. En ese momento, dada la cantidad de juicios que tenían lugar en forma simultánea, se habían habilitado espacios ad hoc y no había suficiente lugar para acomodar a muchas personas.

Presenciar el juicio fue una experiencia profundamente movilizadora, con descubrimientos escalofriantes que no voy a contar porque arruinaría el suspenso del libro. Sí puedo decir que fue allí donde logramos concatenar los hechos, desconocidos hasta entonces, que condujeron a ese final tan trágico.

Antes de volver a los Estados Unidos, improvisamos una reunión en casa de mi amiga Silvia Resnizky para compartir la información y la experiencia con amigos. Me sorprendió el enorme interés, casi ansioso, que el juicio despertaba en una red de personas que se extendía mucho más allá de nuestros vínculos más cercanos, así como el sostén afectivo que recibimos.

Ese fue un buen cierre antes de nuestra partida, aunque todavía no existía un veredicto. Lo comento especialmente porque esa experiencia me ayudó a comprender que nadie se sana solo de algo así, y que el efecto —y el afecto— de nuestra red afectiva nos permite procesar mejor el duelo. En esa ocasión no era solo nuestra familia la que atravesaba ese duelo, sino una comunidad en la que otros también elaboraban los suyos a través nuestro. Nos acompañaban, y también nosotros pudimos acompañar. Compartíamos pérdidas y nos amparaba la solidaridad.

También comprendí que, estando lejos, no habíamos podido sumarnos ni participar de lo que estaba ocurriendo en el país: de las luchas por la justicia, de las manifestaciones y de los juicios. Experiencias colectivas que permiten transformar el dolor, más allá de lo irreparable, y en las que la búsqueda de verdad y justicia tiene un efecto reparador tanto a nivel individual como social.

Todos somos sobrevivientes del cinismo implícito en el “por algo será”, y todos somos testigos. Quizás a eso se refería Fernando con su inquietante pregunta.

Pero el libro fue escrito en inglés. Fue gestado en los Estados Unidos, al día siguiente del inicio del gobierno de Trump, a mi regreso de la Marcha de las Mujeres, un acontecimiento de repercusión mundial.

Por entonces intoxicaba el ambiente, en algunos sectores, la fantasía de que un gobierno dictatorial y autoritario podría resultar conveniente para resolver las peleas partidarias, algo así como un padre fuerte que ordena a los hijos. Y lo que afortunadamente no ocurrió durante el primer gobierno volvió con furia en el segundo, cada vez más violento, cruel y antidemocrático.

En ese desasosiego puse la esperanza en la gente joven, especialmente en quienes aún no votan pero podrían hacerlo en las próximas elecciones, y quise dirigirme a ellos para transmitirles el horror del terrorismo de Estado, el valor de la democracia y el papel fundamental de la participación cívica para sostenerla, más aún en un país como Estados Unidos, donde el voto no es obligatorio.

La situación imperante desencadenó la necesidad de avocarme a escribir este libro que ya venía pensando.

Por eso lo escribí en inglés, aunque confieso que hacerlo fue muy difícil.

Si escribir en inglés fue difícil, traducirlo al castellano no fue mucho más fácil aún. No solo por las dificultades intrínsecas a toda traducción, sino porque las palabras en castellano me pegaban fuerte, tenían otra resonancia; los recuerdos que contaba perdieron el escudo del idioma extranjero y dolían, duelen.

Pero también, al leer la historia en mi idioma natal, comprendí que, más allá de armar una trama coherente —en la que hilvanaba experiencias personales con fantasías de manera secuencial—, se filtraba en el texto un mapa invisible pero complejo que se había ido configurando en mi cabeza, casi a escondidas de mi conciencia.

Así, entre los renglones de la novela —aun cuando intentaba hacerla más accesible para un público joven— se fueron filtrando temas complejos: el impacto del trauma transgeneracional, el ruido que hacen los secretos, la dificultad de contarle a un niño que un ser querido fue asesinado por el propio gobierno, la trampa que encierra la palabra “desaparecido”, la importancia de la verdad, de la justicia y de la solidaridad, y también la forma en que lo político atraviesa, a veces de manera silenciosa, las relaciones más íntimas.

En fin, si leen mi libro, quizás descubrirán por su cuenta los caminos que sugiere para pensar. Quizás sea ambicioso, pero esa es la apuesta.

Pensando en esas épocas y reflexionando sobre mi vida en la actualidad, podría engañarme —y a veces lo logro— y pretender que tener una vida razonablemente feliz implica haber borrado el trauma sufrido. Pero los traumas no se borran. El tiempo los trabaja, para bien o para mal. Procesarlos es un trabajo que requiere cambios y demanda expresión. Porque, como yo siempre digo: hay que hacer que la pena valga.

Desde ese lugar surge este libro: como proceso elaborativo y como ejercicio de mi responsabilidad de ser testigo.

Y ahora sí, para terminar, comparto un breve fragmento del libro:

(y acá va el fragmento, en cursiva si podés en Squarespace)

Caminamos por el barrio y conversamos, creo que por primera vez desde la noticia del juicio.
—¿Y para qué sirve todo esto? El tío Hugo no va a volver. Está muerto, lo mataron. ¿A quién le importa este juicio? —dice de repente, tras un breve silencio en el que seguramente mascullaba la pregunta.

Me tomó desprevenido. Explicarle a Dani los hechos de forma clara y sencilla fue un verdadero desafío. No solo por la dificultad de encontrar las palabras adecuadas, sino también por la pena de tener que hablarle de realidades tan crueles siendo él todavía tan chico.

—¿Qué es la justicia? —continúa, con indignación contenida.

Y pensar que yo creía tener una idea clara de lo que era la justicia. Un concepto absoluto, algo así como: si matás a alguien, vas preso. Pero ahora me veo obligado a pensarlo de un modo más complejo, con matices. En este caso, justicia significa para mí transformar el eufemismo «desaparecido» —una entidad anónima, descartable, sin cara, sin nombre, sin tumba— en víctima de un crimen en manos asesinas.

Para mayor contexto, te invito a leer la presentación de Beatriz Sznaider

[...]

—Igual, no hay tío —dice, con un cinismo demasiado adulto.

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