La silla vacía, de Claudia Yelin: memoria, justicia y transmission

Beatriz Sznaider

La siguiente presentación fue realizada por Beatriz Sznaider el 22 de marzo de 2026, en ocasión de la presentación de La silla vacía*. Su lectura sitúa el libro en el contexto histórico y aporta una perspectiva profundamente ligada a la memoria, la justicia y la transmisión.*

Gracias por acompañarnos en este lugar tan especial y en un momento tan significativo del país, y gracias a Claudia Yelin por permitirme participar en la presentación de su libro La silla vacía. Para mí es un momento muy emocionante.

Escribir un libro es siempre un acto de valentía. Y, en el caso de aquellos que abordan el tema de nuestros desaparecidos, implica también asomarse a un precipicio emocional. Escribir se vuelve entonces un intento de eclipsar la desesperanza propia y aquella que se quiso imponer sobre toda la sociedad a través del terror, cuyos efectos, en muchos casos, continúan hasta hoy.

El punto de partida que inspira la novela La silla vacía es el secuestro y la desaparición de Hugo Malozowski, cuñado de Claudia; de Jorge Pérez Brancatto; de Jorge Sznaider, mi hermano —los tres de 19 años—; y de Noemí Beitone, Mirta Silber y Carlos Pérez, este último matrimonio, también muy jóvenes. Fue el 12 de mayo de 1979, en la Ciudad de Buenos Aires, en un operativo conjunto de la Policía Federal, la Policía de la Provincia de Buenos Aires y el Ejército Argentino.

Los sacaron del departamento que compartían Hugo y Jorge Pérez Brancatto, donde se habían reunido para pasar un sábado por la noche entre amigos. Hugo y los dos Jorges compartían además la escuela —el primer año del profesorado del Mariano Acosta— y, junto con Mirta y Carlos, formaban parte del Taller Literario Horacio Quiroga. Todos eran brillantes, únicos, con personalidades potentes y creativas. Eran jóvenes politizados, sí. Estaban en contra de las dictaduras, como todos los que estamos aquí. Dieron su vida por eso, pero sé que no eligieron su muerte.

En La silla vacía, Claudia da testimonio. Lo hace a través de una ficción autobiográfica que va hilvanando la vida cotidiana y el sentir de una familia en el exilio, su familia. Los distintos puntos de vista, necesariamente subjetivos, nos permiten asomarnos al dolor, a la incertidumbre, pero también a la resiliencia y a la solidaridad entre sus integrantes.

Junto con el valor del testimonio, este libro está animado por el propósito de la transmisión. Está dirigido especialmente a los más jóvenes, para acercarlos a una realidad difícil de comunicar: hablamos de actos que nos colocan en el límite de lo humano —o, quizás, en el límite de lo inhumano.

Testimonio y transmisión. Creo que el libro encarna las premisas que planteó el psicólogo y educador Jerome Bruner en La fábrica de historias, al reflexionar sobre la naturaleza y los usos del relato:

  • Narrar es un acto interpretativo que convierte el relato en una versión de una vida humana o de una comunidad cultural.

  • Narrar modela la mente y la experiencia social.

  • Narrar permite imaginar mundos posibles y proyectos de vida.

  • Narrar es una forma privilegiada de construir identidad.

  • Narrar es una manera de aprehender y dar sentido a la realidad.

  • Narrar es una actividad intersubjetiva radical.

Y, sobre todo: narrar es una actividad peligrosa.

¿Será por eso que asesinaron a Hugo, a Jorge, a Mirta, a Carlos? ¿Porque narrar era peligroso?

La silla vacía, premiada en su versión en inglés, representa ahora, en español, un eslabón más en la larga cadena de acciones mediante las cuales una gran parte de la sociedad ha intentado —y sigue intentando— que la violencia extrema no sea utilizada como mecanismo de control social ni como forma de gestionar los conflictos políticos, y que, en cambio, prevalezcan la racionalidad y la compasión.

En esa cadena se inscribe también la lucha por nuestros desaparecidos y por todas las víctimas del terrorismo de Estado. En ese sentido, quiero compartir brevemente el juicio realizado en junio de 2012 en el Tribunal Oral Federal N.º 1 de San Martín. Allí fueron juzgados algunos de los responsables de estas desapariciones: dos comisarios retirados de la Policía Bonaerense, Roberto Bustos y Jorge Bianchero, condenados a 19 y 9 años de prisión.

Los jueces entendieron por unanimidad que los hechos constituían delitos de lesa humanidad, y por lo tanto eran imprescriptibles.

El fallo fue recibido con aplausos por los familiares. Luego, cada uno de los desaparecidos fue nombrado al grito de “presente”.

En la sala estaba León Sznaider, mi padre, quien junto al abogado Pablo Llonto impulsó la causa desde sus inicios. El público lo aplaudió reconociendo su lucha incansable.

¿Por qué hubo juicio?

Porque los familiares nunca pedimos venganza. Elegimos la vía institucional frente a quienes transgredieron todos los principios de la república y de los derechos humanos.

Porque hubo organizaciones, militantes, activistas y abogados comprometidos con reconstruir una historia que se intentó ocultar.

Y porque mis padres, Paulina Grosser y León Sznaider, lo quisieron y lucharon por ello.

Yo no creía que fuera posible llegar a esa instancia. Tampoco estaba segura de que fuera necesario. Pensaba que el verdadero logro era que la sociedad comprendiera que el golpe de Estado no había buscado terminar con la violencia, sino quebrar a la sociedad en todos sus niveles.

El abismo entre quienes sostuvieron la vida con dignidad y quienes ejercieron la violencia extrema es inmenso. Tan grande como la distancia entre una flor y un misil.

¿Sobrevivirá la flor? No lo sé. Pero en ese juicio algo brotó: una acción institucional que reconoció derechos y límites. Hubo, al menos en parte, reparación.

Después del juicio, mis padres tuvieron una especie de sobrevida. Sentían que habían hecho todo lo posible.

Como dijo Marcos “Maco” Somigliana, del Equipo Argentino de Antropología Forense: no son desaparecidos, son personas por las que seguimos luchando para que recuperen su identidad. Y también dijo: no es un lujo que una sociedad tenga parámetros básicos de humanidad. Eso son los derechos humanos. Lo demás es barbarie.

Existe una conexión sensible y profunda entre la escritura de nuestros jóvenes y la escritura de Claudia. Escuchémosla. Sintamos que Hugo, Jorge y todas las víctimas hablan a través de sus palabras.


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Presentación de La silla vacía en la Feria del Libro de Derechos Humanos